14.01.2010
Investigadora coeditó publicación sobre violencia y delincuencia en barrios
La Investigadora del Programa Seguridad y Ciudadanía Alejandra Lunecke junto a Ana María Munizaga y Juan Carlos Ruiz, editaron el libro “Violencia y delincuencia en barrios: Sistematización de experiencias” publicado por la Fundación Paz Ciudadana y la Universidad Alberto Hurtado.
La publicación, presentada a fines de noviembre de 2009, no sólo permite recopilar las experiencias y el trabajo de muchas instituciones, sino también presentar en conjunto, las investigaciones y proyectos que se ha desarrollado en paralelo en la última década. Así también, permite analizar en un contexto global, que la delincuencia es sólo parte del problema y, aunque nadie cuestiona su importancia, debe ser abordada de manera integral y con un sentido de urgencia.
Francisca Werth, directora ejecutiva de la Fundación Paz Ciudadana, señala en su prólogo que “esta recopilación de trabajos y experiencias es importante para la Fundación y para Universidad Alberto Hurtado, porque entrega una oportunidad de encontrar, en este libro, consensos respecto de la importancia del tema para las personas que viven en medio de la violencia y la delincuencia en los barrios”.
En el libro, la Coordinadora del Proyecto Consorcio Global para la Transformación de la Seguridad contribuyó también con el capítulo Enfoques de abordaje con el artículo “Exclusión social, tráfico de drogas y vulnerabilidad barrial”, el cual tiene por objeto dar cuenta de referencias conceptuales que, enmarcadas en las matrices teóricas de la exclusión social, pueden ayudar a comprender este fenómeno, los factores que lo explican y cuáles son las condiciones que aumentan o disminuyen la vulnerabilidad (factores de protección) de un barrio en materia sociodelictual.
Durante la última década diversos barrios en el país han sido objeto de intervención social, policial y urbana por parte del Estado. Con ello, se han puesto en el debate y en la preocupación pública, las difíciles condiciones de vida que enfrentan vecinos de sectores más empobrecidos producto de la violencia instalada en el espacio público.
Así lo han evidenciado diversos estudios realizados en el marco de estos programas públicos que dan cuenta de los altos niveles de violencia y delincuencia existentes en el espacio público de los vecindarios. Junto a bajos niveles de ingreso por hogar, desocupación juvenil y bajos niveles de escolaridad entre otros, es posible observar problemas vinculados al alto consumo de alcohol, la existencia de conflictos vecinales, robos a vecinos, lesiones y riñas callejeras. Sin embargo, la principal característica de muchos territorios es la presencia de la violencia organizada que se vincula a redes y bandas dedicadas al tráfico de drogas. Este tipo de violencia ha impulsado una espiral de miedo entre los pobladores, producto de la presencia de balaceras por parte de miembros de bandas rivales y que hoy son parte de la cotidianidad de los vecinos.
Los efectos de este tipo de violencia son múltiples. A nivel individual, uno de los efectos más directos es el alto grado de temor de sus habitantes. Este temor influye más en la vida diaria de las personas que el propio delito y hace que las personas modifiquen la forma en que realizan sus actividades cotidianas para evitar exponerse a ella: el abandono de determinados espacios públicos y la reclusión en el domicilio es una de las formas más extendidas de mantener seguras a las familias. Por otra parte, el deseo cambiar de lugar de residencia es visto como el principal recurso, por parte de los vecinos, para encontrar una salida a su permanente sensación de inseguridad personal y familiar.
El daño que causa la violencia se expresa también en el tejido social. La participación de adultos y jóvenes en delitos y violencia relacionada con el tráfico de drogas genera una serie de desconfianzas interpersonales entre los vecinos de la comunidad. En muchos casos, la percepción permanente -de los vecinos- de sentirse víctimas y de estar impedidos de ocupar los espacios vitales de su vida cotidiana, genera una sensación de pérdida del propio entorno y de desconfianza en la socialización con los otros.
En muchos casos, el temor inmoviliza para participar y para asociarse, arraigándose un sistema de desconfianzas mutuas, cuyo principal contenido está dado por prejuicios, estereotipos y sospechas más o menos fundadas hacia los otros vecinos del barrio.
Otro de los efectos que es posible identificar en el nivel comunitario es la renuencia a denunciar por temor a represalias, lo que se agudiza por la desconfianza que existe hacia la policía, la que en muchos barrios simboliza la presencia del Estado en el nivel micro local. A lo anterior se suma la dependencia económica de determinadas familias y sujetos al mercado de la droga. La falta de oportunidades que enfrentan familias de barrios vulnerados refuerza el vínculo de los sujetos, y en algunos casos, del grupo familiar, con las redes de venta de drogas.
Sin duda, todo lo anterior contribuye y agudiza la condición de vulnerabilidad de estos vecindarios y exacerba, por otra parte, la mirada nostálgica que los mismos vecinos y otros actores sociales y políticos tienen del pasado respecto de su propio vecindario. La tradicional organización de los vecinos, la capacidad para enfrentar las dificultades, la capacidad de movilizarse colectivamente y lograr mejores condiciones sociales y económicas, son algunas de las imágenes de la historia local que se han instalado y que contrastan con la percepción de deterioro y de abandono actual.
Frente a esta realidad cabe hacerse la pregunta ¿cómo y porqué es posible el arraigo de este tipo de violencia en determinados territorios?, ¿qué condiciones y/o factores explican su instalación y desarrollo? y ¿cómo es posible mitigar y/o erradicar este tipo de violencia de los vecindarios?
El estudio de muchos territorios empobrecidos nos evidencia que no todos los barrios en condiciones de vulnerabilidad han sido afectados de la misma forma por la violencia y la criminalidad. Condiciones físicas, humanas, sociales y materiales de los sujetos, de las familias o de las instituciones comunitarias inciden sobre el grado de desarrollo y arraigo de la violencia organizada y no organizada en el espacio público.
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